La despoblación es un círculo vicioso. El ser humano, un animal social, depende de la presencia de otros humanos para prácticamente todas sus actividades, proyectos, trabajos y pasiones. Hacemos vida en comunidad, y organizamos nuestros días en torno a las demás personas. Además, esta relación –y más en el mundo actual– crece de forma exponencial: tal y como está organizada la sociedad ahora mismo, son muchas más las posibilidades (de trabajo, de ocio, de acceso a ciertos servicios públicos, etc) puestos a disposición de quien vive en una gran ciudad, comparada con una ciudad pequeña; y de una ciudad pequeña, frente a las de un pueblo. Estos factores atraen a cada vez más población, lo que a su vez supone un incentivo para ese mismo crecimiento: más personas implica más necesidades a cubrir, que implican más puestos de trabajo. Más trabajo y más personas generando gasto llevan a una mayor recaudación, y con ello más posibilidades de inversión en servicios; y por supuesto, una mayor concentración de personas hace de las grandes ciudades un escenario más atractivo para programas culturales, eventos, movimientos… cualquier cosa en la que se busque el máximo impacto.
Por ello, a la hora de luchar contra la despoblación, mitigar estos factores es una tarea crítica. Mejorar los servicios y asegurar que lleguen de forma eficiente y equitativa a toda la región, una red de transporte que extienda el acceso a trabajo y ocio de los municipios más remotos… cada elemento cuenta; y en los últimos años, ha aparecido una herramienta que podría ser clave para definir el panorama laboral de las regiones más amenazadas por la despoblación: el teletrabajo.
Por supuesto, trabajar desde casa es algo que lleva bastante tiempo siendo una posibilidad, más viable cuanto más han avanzado las tecnologías correspondientes; sin embargo, la pandemia del COVID-19 supuso un punto de inflexión, con multitud de empresas, cuando no sectores enteros, tuvieron que adaptarse y cambiar su modelo de trabajo (algo a lo que, hasta ese momento, había existido bastante reticencia, aún cuando las herramientas para hacerlo ya estaban ahí).
Así, si en 2019 hablábamos de una población tele-trabajadora cercana al 5% del total, a día de hoy nos encontramos con que un 15% de quienes trabajan lo hacen en remoto, bien de forma parcial o completa. Como era de esperar, este número varía enormemente dependiendo del sector: específicamente, dentro del sector información y telecomunicaciones, el porcentaje llega hasta el 85%. En el extremo contrario, hay sectores como la industria, el sector agroalimentario o la hostelería que lógicamente requieren presencialidad –y que además tienen en algunos casos un peso importante en la economía regional y nacional, lo que explicaría que el porcentaje total de teletrabajo en España esté por debajo de la media europea, en torno al 23%.
Las ventajas del teletrabajo son obvias: la más notable (y a la que se acoge la legislación actual en esta materia) una mayor capacidad para la conciliación familiar, pero no hay que descartar tampoco factores medioambientales (menos trayectos desde y hasta el trabajo implica menos gasto en combustible), ahorro (por lo mismo), o una mayor flexibilidad en la jornada. De cara a las empresas, el trabajo en remoto también puede ayudar a reducir costes, al ser necesaria menos infraestructura, espacios de oficina, etc.
En lo referente a la lucha contra la despoblación, sin embargo, la ventaja más importante es la posibilidad de acceder a trabajos que, de otra forma, suelen quedar concentrados en grandes ciudades: un beneficio tanto para los pequeños municipios, cuyos habitantes no se ven obligados a elegir entre su hogar y su vida laboral; como para las empresas, que pueden así disponer del talento de toda la población, y no sólo la población local.
Por supuesto, el teletrabajo también tiene sus desventajas, como la falta de contacto y relaciones sociales con el resto de personas de la empresa, una inversión inicial mínima que no siempre es asequible para empresas pequeñas, o una mayor dificultad a la hora establecer límites entre la vida laboral y personal. Existe además el riesgo de que algunas empresas ofrezcan salarios más bajos, escudándose en el menor coste de la vida en algunas regiones específicas, o aprovechando la mayor cantidad de candidaturas a un mismo puesto de trabajo para reducir las prestaciones ofrecidas – una tensión exacerbada por la posible ausencia de otras opciones laborales en esas mismas regiones.
Conforme el teletrabajo se erige como una opción cada vez más viable para miles de personas, estos últimos son factores que hay que tener bastante en cuenta. El trabajo en remoto es una herramienta de una utilidad innegable para la lucha contra la despoblación rural: pero es por eso mismo que debemos tener cuidado y procurar que esta innovación no se convierta también en un refuerzo para una desigualdad tristemente tradicional.
