Impresión 3D: una tecnología cada vez más accesible

La impresión 3D es una de esas tecnologías que a mucha gente nos ha pillado casi por sorpresa: un producto que parece sacado de una serie de ciencia ficción, y que en el plazo de unos pocos años ha pasado de casi ni existir, para el público general al menos, a una tecnología tremendamente accesible.

Así, si las primeras impresoras 3D estaban relegadas al mundo de la industria (por una cuestión de complejidad, y sobre todo, precio), en la segunda década de los 2000 ya se había convertido en un hobby, aunque uno todavía reservado a las personas más entusiastas (y pudientes) del sector: con unas impresoras que podían costar en torno a 5000€, eran más habituales en facultades de ingeniería y estudios de arquitectura – algo a lo que se le añadía que no eran maquinas particularmente fáciles de usar, con una curva de aprendizaje, digamos, un tanto empinada. Con la llegada de las impresoras low-cost, y una filosofía de diseño enfocada a la facilidad de uso, la impresión 3D se ha convertido en una disciplina asequible y accesible, y una de las herramientas fundamentales de cualquier maker que se precie.

El principio básico tras el funcionamiento de una impresora 3D es en realidad bastante intuitivo: primero, un modelo 3D es “fileteado”, es decir, dividido en decenas o cientos de secciones horizontales (la cantidad la marca el tamaño del modelo y la resolución de nuestra impresora). Estas lonchas sirven como plano, sobre el que la impresora va depositando material, capa a capa, hasta obtener el modelo impreso. La forma de aportar material depende de la impresora: las de modelado por deposición fundida (también conocidas como impresoras de filamento) van extruyendo termoplásticos a través de un cabezal; la estereolitografía, realizada mediante impresoras de resina, utilizan luz ultravioleta para ir curando material fotosensible capa a capa; las máquinas SLS utilizan un proceso parecido, pero utilizando un láser para fundir material pulverizado, pudiendo así producir piezas cerámicas o metálicas; y eso solo son algunas de las más populares. En cualquier caso, cuando hablamos de impresoras 3D “de estar por casa”, nos referimos a impresoras de filamento o, menos a menudo, a impresoras de resina: el resto suelen estar relegadas a aplicaciones industriales o, en todo caso, a los Fablabs más ambiciosos.

En esos dos casos, y sobre todo para las impresoras de filamento, la tecnología es relativamente sencilla: extrusión de material fundido y control preciso de motores son técnicas que llevamos mucho, mucho tiempo sabiendo hacer bien, con componentes relativamente baratos. Por eso, está claro que lo que ha hecho falta para poner estas maquinas tan fascinantes a disposición del público general no era una mejora de la tecnología, si no del conocimiento: del saber acumulado en la industria sobre las características necesarias para que una impresora 3d funcionase bien y, sobre todo, fuese accesible para personas sin un conocimiento avanzado sobre el tema. Una vez conseguidas esa calidad y facilidad de uso, el abaratamiento era inevitable: la demanda aumenta, la producción en masa se vuelve rentable, y la economía de escala hace de las suyas – a día de hoy, una impresora 3d no cuesta mucho más de lo que, en 2010, hubiese costado una impresora de papel de calidad razonable.

Cada vez es más habitual verlas en casas, talleres y oficinas: está claro que se trata de una plenamente madura, que trae consigo una forma distinta de entender la producción. Es probable que llegue un punto en el que, si nos hace falta una herramienta, una pieza, un consumible, no tengamos que ir a la tienda (física o en línea) de turno, si no que baste con buscar, descargar, e imprimir.