La noticia es de hace unos días: Character.ai — una empresa dedicada a proporcionar chats personalizados con modelos de lenguaje basados en personajes tanto reales como ficticios — se ha declarado en bancarrota. Cae así una de las empresas más notables con un producto dependiente enteramente en LLMs — y de una forma, además, que ilustra algunos de los problemas a los que se enfrentan este tipo de operaciones.
Y es que, aunque es posible que el proceso de bancarrota sea una maniobra más para esquivar las consecuencias de una muy controvertida trayectoria, los datos económicos que la compañía ha sacado a la luz son, cuanto menos, chocantes: con más de 10 millones de dólares mensuales en gastos de computación, y unos beneficios totales que nunca llegaron a superar los 5,3 millones al mes, está claro que el propio modelo de la empresa nunca fue rentable.
No es la única. Incluso gigantes de la industria como OpenAI todavía no han conseguido que el propio producto que ofrecen les devuelva un beneficio directo: los costos operativos en 2025 de la entidad detrás de ChatGPT llegaron a rozar los 21 000 millones de dólares, con tan solo 13 000 en ventas en el mismo periodo. Es decir, considerando sólo el modelo de lenguaje como producto, nos encontramos con que cada uso de GPT conlleva pérdidas, no ganancias, para la empresa. Los beneficios de OpenAI, entonces, provendrían fundamentalmente del mercado de inversión, y acuerdos con algunas de las multinacionales más importantes del planeta.
No es algo raro en el entorno de Silicon Valley que una empresa dependa de la buena fe del capital riesgo, pero con la salida a bolsa de las grandes entidades de IA en el horizonte, problemas de viabilidad económica como estos plantean dudas sobre el futuro de compañías que, hasta ahora, han sido sinónimos con la propia industria de la Inteligencia Artificial.
